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El efecto micromariposa

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Esta vez, mi señor Don Quijote, no han sido molinos de viento políticos y mediáticos, sino devastadores gigantes invisibles. El occidente está elevando a demasiados Sanchopanzas a gobernadores y aspirantes de grandes e ínfimas ínsulas de Barataria.

De vez en cuando hay que tomarse un café con la vida. Vagar por las calles melancolía, esas que ignoran los callejeros de todas las ciudades y los municipios de España, y reconciliarse con uno mismo y con el prójimo convergente, divergente e indiferente que se cruza contigo procedente del mismo lugar de origen en dirección a la misma estación de destino. De vez en cuando, por ejemplo en días como estos, en los que los molinos de viento políticos y mediáticos son, en realidad, devastadores gigantes microscópicos, habría que practicar la inteligencia individual y colectiva de revertir el ingenuo Sanchopancismo que nos debilita, que nos hace vulnerables, cada vez que un ególatra psicópata, soberanista, independentista, secesionista, patriotista, ¿qué más da?, pretende o consigue convertirse en gobernador de pequeñas o enormes Ínsulas de Barataria.

En días como estos, ya digo, ni siquiera ha hecho falta el aleteo de las alas de una mariposa para hacer temblar al mundo. Ha bastado el siniestro lifting de un insignificante bichito, inapreciable para el ojo humano, para que los grandes Estados consolidados decreten “alarma general” y los tercos aspirantes regionales se sientan indefensos, impotentes, solos ante el peligro. En días como estos, insisto, nos damos cuenta de que las banderas, los idiomas, las fanáticas ideologías, los himnos, las fronteras, los conmovedores alardes de supremacía, ay, le sobran en el equipaje a una humanidad enamorada de la vida que, solo unida, solidaria, partícipe y participativa, puede retrasar el inexorable viaje hacia ninguna parte con billete solo de ida.

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En esta aldea global, construida sobre intangibles y controvertidos dogmas científicos, religiosos, mediáticos, políticos, económicos, sociales y demás cosas perecederas así, el único axioma que no requiere un acto de fe por parte de una humanidad que inspiró a Saramago su “ensayo sobre la ceguera”, es que somos polvo y en polvo nos convertimos. Ya sé que jode, oye. Sobre todo en estos tiempos en los que la máxima aspiración del personal contemporáneo, de todo origen, de toda condición, de toda ideología, de toda edad, es la abolición de nuestras inescrutables, discriminatorias e improrrogables fechas de caducidad. La cruda realidad, ladys and gentleman, es que nos fabrican con un “polvo”, con perdón, que de algunos de esos polvos vienen después tantos lodos con distintas y distantes denominaciones de origen y que, al final, cuando ya estamos hechos polvo, se deshacen de nosotros mediante una higiénica y civilizada solución en un horno crematorio.

De vez en cuando hay que interrumpir nuestra huelga permanente de recogida de basuras genealógicas, ideológicas, psicopáticas, miméticas, mediáticas, inducidas, deducidas, fratricidas, que se amontonan en nuestra historia colectiva y nuestras historias individuales con devastadores e imperecederos efectos radioactivos. De vez en cuando hay que vaciar los contenedores de basura de nuestros cerebros, míralos, rebosantes de residuos tóxicos que, por lo visto, escuchado, leído, twitteado, guasapeado en las últimas cuatro décadas, ni siquiera son biodegradables, y poner en práctica la energía neuronal renovable: ¡Piensa y deja pensar!, ¡siente y deja sentir!, ¡vive y deja vivir!

Carpe diem, quam minimum credula postero (Horacio)

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